27 octubre 2009

Una estrella se ha escapado


Una estrella se ha escapado. La HE0457-5439 ha abandonado lo que hasta ahora era un infatigable y eterno estar en la Nube de Magallanes. La HE0457-5439 se ha cansado de ver siempre las mismas estrellas y el mismo vacío a su alrededor y se ha lanzado a deslizarse por el espacio a una velocidad de 2,6 millones de kilómetros por hora.
En un entorno donde todo fluye y todo se mantiene al ritmo previsto. En un espacio en el que ya teníamos controladas todas las luces, en el que todas salían y desaparecían al mismo ritmo desde el principio de los principios. En esta lánguida explosión controlada, en esta lenta agonía espacial. En el vacío del vacío una luz ha huido aprovechando un descuido del tiempo.

Ningún científico está convencido de sus explicaciones a este inesperado suceso y ninguno se atreve a confirmar nada. Algunos dicen que se puede deber a la presencia cercana de un agujero negro, que pudo actuar como honda. Lo que alertaría de que los agujeros negros no siempre engullen lo que encuentran o a quien se encuentran, sino que a veces pueden actuar de tirachinas y lanzarte muy lejos de ellos.
Según opinan los científicos a esta estrella fugitiva sólo la podrá parar “una improbable colisión con otra estrella que circule más ordenadamente” (Fuente: www.elpais.es ) Pero a la HE0457-5439 no le importan las razones ni las causas, ni el fatídico final que le puede esperar en medio del espacio. La estrella fugitiva deja sin palabras a los científicos. Es un desafío al ordenado caos espacial.

La HE0457-5439 no es consciente de su hazaña; sólo baila su danza de libertad recién estrenada. Ahora sólo quiere disfrutar de su vertiginoso paseo espacial en busca de nada y hacia ninguna parte. Y su huida es un canto de esperanza para las demás estrellas, presas de la monotonía y rondadas por un silencioso ejército de agujeros negros.

24 octubre 2009

Siempre me pasa lo mismo

Siempre me pasa lo mismo.

Me gusta pasear por las calles de la ciudad como si no fueran mías ni yo fuera de ellas. Una ciudad conocida y desconocida al mismo tiempo. Unas calles por las que he pasado mil veces pero que cada vez es como si fuera la primera. Conozco mejor que nadie los baches, los carteles anunciadores, los colores de las fachadas, pero no las veo igual que la gente que vive por las calles. Porque yo las miro con la falsa objetividad del turista que llega para un día, con la distancia y el frío del que no guarda ni deja nada en ellas. Y siento que es verdad: no guardo nada en ellas. Esa casa no es mi casa, ni la comida que se prepara tras la ventana es para mí, ni el beso que se ofrece ni la mano que se da, ni las personas son mías; son suyas. Se tienen, van acompañadas de su marido, de su hijo, de su novia, de su perro. Las calles les pertenecen y ellos pertenecen a las calles, esconden momentos en cada rincón, sobre la acera, ante el escaparate; los sentimientos, sus sentimientos, se arremolinan en las esquinas como las hojas y los papeles de periódico en los días de levante.

Y paso como una sombra, como si nadie me viera; y me gusta. Siento que nadie me ve y es probable que nadie me vea. Siempre me pasa lo mismo. Voy a una exposición; en medio de una plaza llena de viejos y niños han montado una carpa los de ACNUR. Dentro de la carpa recrean un campo de refugiados de Kosovo, con los grifos, los aseos improvisados, el suelo polvoriento... Dentro de la carpa hay tiendas de campaña y dentro de las tiendas hay fotos de niños y suena la voz de los niños quejándose. Todo está bien conseguido, provoca lástima. Al salir, una muchacha me hace un cuestionario y me pregunta si la exposición me ha hecho sentir como si fuera un refugiado. Yo le contesto que sí, pero los dos sabemos que no es lo mismo; ser refugiado no es estar en una carpa en medio de una plaza llena de viejos y niños. Siempre me pasa lo mismo.

Hago el camino de vuelta; los peatoncitos de los semáforos se ponen en verde como para que no pare, para que pase. Al principio me alegraba esa casualidad; parecía que tenía enchufe en la delegación de circulación: iba llegando yo a cruzar la calle, los coches se iban parando y finalmente el peatón se ponía en verde. Pero cuando llego a mi destino y llego a mi hora o antes de tiempo siempre lamento la complicidad eléctrica de los semáforos. Siempre me pasa al final; siempre me pasa lo mismo.

Y hoy, cuando iba llegando a mi casa, me ha pasado lo mismo. He pasado ajeno al mundo, bajo mis auriculares, envuelto en la música de la radio, mirando las cosas y la gente como si no fueran mías, como si yo no fuera de ellas. Pero cuando pasa un rato me empieza a pesar la soledad y ya no quiero ser invisible. Y voy aminorando la marcha, y me quedo parado ante un escaparate o mirando a la gente como si me viera. Pero ya la gente no me ve; y empiezan a cerrar los escaparates y la gente se va para sus casas y se empiezan a escuchar las televisiones desde dentro de las casas acurrucadas en la luz de la sala de estar. Y entonces me entra esa extraña sensación de ir vacío y de llegar vacío.

Y entonces pienso que la vida es una calle o muchas calles y que todas las calles se han paseado por esta tarde y yo he pasado por ellas como si no fueran mías. Y la gente son toda la gente que ya se metió en sus casas que son todas las casas. Y vuelvo mi casa solo, con la soledad de una tarde que es la soledad de toda una vida. Una vida por la que paseo como si no fuera mía, una vida por la que paso con la distancia y el frío del que no guarda ni deja nada en ella. Una vida encerrada en una carpa en medio de una plaza llena de viejos y niños.

Siempre me pasa lo mismo.

14 octubre 2009

Por lo que no será


Esto es una canción de Jeff Buckley. Lo he descubierto hace poco y, como dice el refrán (y tiene mucho que ver con la letra) "más vale tarde que nunca". La música de este hombre es un poco complicada a veces, supongo que tendría problemas para que le pusieran en las radiofórmulas de entonces. Pero cuando lo escuchas quedas atrapado, porque entonces comprendes que con la música, la letra y la voz (de cuatro octavas y media) se puede hacer una obra de arte. Y una "obra de arte", así dicho queda tan académico que parece no poder expresar lo que significa este disco y esta canción. Para entenderla no basta buscar la letra y traducirla. Hace falta una vida para apreciarla. A lo mejor he llegado a ese punto vital para llegar a comprenderla, y a lo mejor también llega a otros oidos que la puedan comprender.

Jeff Buckley murió en 1997, con 3o años. Estaba a la orilla del Wolf River, en Menphis (Tenesee) con un amigo. Mientras escuchaba "Whole lotta love" de Led Zeppelin de pronto se metió en el río y apareció cinco días después muerto y desnudo. Como decía aquello "ojalá estuvieras aquí" y seguir componiendo e interpretando así, como en esta canción.

Por tantas cosas que no serán valga esta oración cibernética. Por esas canciones que no escucharé y esa vida que no viviré, Jeff Buckley que estás en los cielos...

12 octubre 2009

Obama, los gays y la impaciente espera


"Esta noche un joven tendrá problemas a la hora de conciliar el sueño porque guarda un secreto. Quizá pronto decida que ha llegado la hora de acabar con ese secreto. Lo que suceda a continuación depende de él, de su familia y de sus amigos y profesores. Pero también depende de nosotros, del tipo de sociedad que engendremos y del tipo de futuro que construyamos"

Esto lo dijo Obama, y recogía El País de hoy, ante la cena anual de los miembros de Human Rights Campaign (HRC) un grupo que defiende los derechos civiles de los gays y que cuenta con 750.000 miembros. Evidentemente se refería a los homosexuales y la postura, hipócrita en el mejor de los casos, de la sociedad, pero uniéndolo a otras declaraciones en el mismo tono casi mesiánico que he oido o leido de este presidente, me sugiere alguna reflexión. Cuando uno escucha a líderes mundiales que hablan así se puede caer en la lógica de pensar que este tio se ha caido de un guindo y que va contando margaritas mientras el resto del mundo se mueve por otro lado (véase trama Gurtel o los negocios de Theodoro Obian Gnema, sin salir del mismo periódico). Pero yo prefiero pensar que aún queda alguna esperanza de que esto no resulte ser lo que parece. Y si lo enlazamos con el Foro Social "Ética y Espiritualidad para un mundo posible" que se ha celebrado este fin de semana en Sevilla y que ha terminado con la "Manifestación por la Madre Tierra y contra la mercantilización de la vida", me siento acompañado por cada vez más gente que pide que este sistema corrupto e injusto cambie y que por una vez y para siempre las cosas dejen de ser lo que parecen y lo que siempre han sido.

Obama, confiamos en que tus palabras, tus promesas y la esperanza que has encendido tras de ti no se quede en un discurso escrito por un guionista de una empresa subcontratada. Y que ese tercer mundo de inmigrantes, de pobres, de homosexuales, de soñadores, de solitarios, de desempleados, de despedidos, de subsidiados, de desheredados, alguna vez conquiste el mundo, y que este mundo sea entonces para todos.

07 octubre 2009

Una historia como otra cualquiera IV

El sábado siguiente ya me había repuesto un poco de mi traidora autoestima. Esta vez iba dispuesto a unir al fin mi vida a la suya. Llevaba pensadas un montón de frases para iniciar una conversación y sus correspondientes preguntas u observaciones para seguir la conversación hasta el final. Una sería, por ejemplo:

"‑Oye, perdona que te pisara el otro día ‑, le diría yo con tono despreocupado.

‑Ah, por eso no te preocupes ‑, respondería ella

‑Es que me he comprado unas botas nuevas y no calculo bien las distancias

‑ No importa

‑ Además, andaba un poco despistado entre las luces, el ruido...

‑ Sí, la verdad es que aquí hay demasiado ruido

‑ Y sobre todo las luces, que confunden los sentidos. Hay un estudio que ha hecho un equipo de la Universidad de Conecticut que estudia de qué manera las luces psicodélicas afectan al estado de ánimo de las personas y de qué manera las pueden incitar a bailar, a reírse, a estimular la secreción de adrenalina e incluso la líbido.

‑ ¡Oh! ¡Qué conversación tan interesante! Tú debes ser un intelectual

‑ ¿Por qué lo dices?‑ preguntaría yo, modesto.

‑ ¡Pero si se nota en tu forma de hablar!. Me encantaría seguir hablando contigo; pero en este sitio hay demasiado ruido. ¿Te parece bien que vayamos a un sitio más tranquilo?

‑ Me parece estupendo."

Entonces en ese sitio tranquilo le confesaría que mis botas eran viejas y que en realidad la pisé porque andaba cegado por la pasión que sentía hacia ella. Supuse que era una conversación interesante y una forma memorable de iniciar un idilio.

También había pensado pisarla otra vez disimuladamente para que diera la impresión de que realmente nuestras vidas estaban unidas por el destino; o preguntarle si me conocía porque su cara me resultaba muy familiar, pero ese truco ya estaba muy visto. Otra alternativa era regalarle un disco de Mari Trini, pero recordé su forma de bailar en lo alto de la tarima y descarté que supiera siquiera quién era Mari Trini. Finalmente me decidí por la primera opción.

Esta vez estaba también al lado de la escalera. Me intenté peinar con las manos y me palpé la aleta izquierda de la nariz para ver si había crecido mucho un grano que había empezado a salirme aquella mañana. Me fui acercando; esta vez estaba también con la amiga pero no hablaban, seguían la música con la cabeza. Cuando llegué a su lado, empezaron a mirarme sorprendidas; no sé si temía que la pisara otra vez o es que no se acordaba en absoluto de mí. Decidí hablar para no alargar más su curiosidad. Pero cuando fui a mover la lengua noté que pesaba más de lo normal y que me costaba mucho echar aire; parecía como si tuviera la boca anestesiada. Dije: "Pee‑ perdooo‑ona", pero me salió muy bajito; yo hacía gesto de hablar pero parece que aquello no se escuchaba fuera. Considerando que la conversación que tenía pensada era profunda y requería de complicadas modulaciones de voz (yo no estaba como para decir "psicodélicas") decidí que lo más socorrido era pedir fuego y así lo hice. Pero lo hice sin acordarme que yo ni llevaba tabaco ni había fumado en mi vida. Con el mechero en la mano y ante la extrañeza de las dos compañeras dije nervioso que era para mi amigo; y salí corriendo a la otra punta de la discoteca. Allí hice un poco de tiempo y me aseguré de secar el brillo de mi frente. Al llegar de nuevo al potro de tortura las dos amigas estaban riéndose y comprendí que era de mí. Le di el mechero y cuando iba a salir corriendo de nuevo para no volver a aquella escalera ni a aquella discoteca y había ya decidido irme a la recogida de peras en Lérida con tal de dejar el pueblo, quiso el destino sonreírme por primera vez en muchas reencarnaciones. La causante de mis desvelos me miró y con una voz casi más dulce de lo que se la había imaginado, dijo: "Tú eres el que me pisó el otro día, ¿no?" Enseguida resucité, se me cambió la cara y me salió una sonrisa de vendedor de seguros.

‑Sí, yo era: Es que me había comprado unas botas nuevas y no calculaba bien las distancias.

‑ Además, con las luces y el ruido...

Continuará. Ver las primeras partes de esta historia en "Una historia como otra cualquiera"


28 septiembre 2009

La galleta de la fortuna


Hoy he abierto una galleta de la fortuna en el facebook. Siempre me pone una pavada que no tiene nada que ver conmigo, pero hoy la galleta me sorprendió y me dijo:

Nada se pierde para siempre. Lo que piensas que has perdido lo encontrarás en otro lugar

La primera vez que me sorprende una galleta. Porque la galleta se ve que es consciente de cuántas cosas he perdido!, cuánta gente dejas detrás!, cuántos se adelantan!, cuántos se quedan en el camino!. Empiezas la vida con el Orfeón donostiarra, después con Mocedades, y al final acabas siendo tú, triste y solo, como Franco Battiato.

Ya puede la galleta decir misa, que ya estoy de vuelta de todo. Y lo que sube bajará, sobre todo si es una piedra y lo que está debajo es tu cabeza. Pero lo que se va, ya mi experiencia me ha demostrado sobradamente que no vuelve. Y si el que te vas eres tú ya descuida que se rehacen los asientos para que tu silla vacía desaparezca y no tengas un sitio al que volver.

Yo me imagino que la galleta habrá hablado en sentido figurado. Como que vas a encontrar algo "parecido" a lo que perdiste. Por ejemplo, si perdiste un globo de helio con la figura de mazinger Z, a lo mejor ahora te encuentras otro con la figura de un caballero del zodiaco. Pero claro, eso no vale... O tendrá que valer, y la vida es así y te jodes.

No sueño ya con cantar de nuevo con el Orfeón donostiarra, ni con Mocedades. Pero no me gustaría tener que hacer yo solo todas las voces para el resto de mi vida. Y sí sueño también con encontrar alguna gente que perdí. Y puestos a pedir, también las dos gafas graduadas y la caja con mis cintas de video.

A todo esto, he dicho "la primera vez que me sorprende una galleta". Y estoy hablando de una galleta como si fuera la Pitia del oráculo de Delfos, o como si las galletas hablaran y tuvieran sentimientos, o buscaran las ofertas del mercadona o estuvieran siguiendo "amar en tiempos revueltos". Fuera de contexto queda un poco raro reprocharle a una galleta nada. O depositar mi confianza en una galleta. Pero es que esto de las nuevas tecnologías es así. Empiezas siendo como muy moderno y acabas hecho un capullo, mandando correos chorra y powerpoints de colegio de monja. O, como es mi caso, sorprendido por una galleta.

23 septiembre 2009

Erase una vez una lata de membrillo


Para Ana

Érase una vez un tiempo en que se tenía tan poco que se le daba importancia a las pequeñas cosas. Quizá porque se tenían muy pocas, y ninguna cosa grande.

En mi casa hay una lata de membrillo. Está guardada en la mesita de noche del cuarto en el que dormía mi abuelo. La lata es negra y tiene estampados unos claveles rojos. Está mohosa y tiene mal aspecto...
En algunas casas todavía siguen cumpliendo su función las latas de membrillo. Comprar una lata de membrillo en aquel tiempo de la posguerra, y desgraciadamente muchos años después, sería un auténtico capricho o un regalo perfecto. Por eso no venía como ahora, en un plástico envasado al vacío, sino en una lata preciosa, decorada con los mejores paisajes, flores o pinturas famosas.

Según cuentan los mayores, entonces se tenía tan poco que a lo poco que se tenía se le daba su sitio. Un puchero merecía su tiempo, su olor invadiendo orgulloso la casa, la atención constante de la madre o de la abuela, una buena siesta después para asumir tamaño lujo. Una ropa nueva era un acontecimiento que requería una ocasión especial y un lucirla en condiciones. Una comida que se saliera de lo normal era razón suficiente para una fiesta. Una tableta de chocolate, un turrón por navidad eran pequeños lujos con el poder suficiente para reunir en torno a ellos a toda la familia, vecinos y allegados. Una luna de miel en Sevilla se hacía con más ilusión que la que se pone ahora para ir a Cancún.


Por entonces no existía la prisa que nos dan ahora para la comida, para el amor, y para todo. Como una de las pocas cosas que se tenía era el tiempo, hasta el tiempo tenía su sitio en la casa. Y a todo se le daba su tiempo. Y hasta al tiempo se le daba tiempo. Por eso las charlas en la plaza, en el bar o por cualquier esquina duraban horas. En la barbería, aparte de pelarse, se echaba todo la tarde o la mañana hablando de fútbol, del tiempo y de otros chismorreos. La plaza de abastos o la tienda eran lugares de encuentro en el que todo el mundo no sólo se conocía por sus nombres sino que se conocía de toda la vida. Y además también se hablaba de todo, mientras el tendero despachaba lechugas, pimiento molido, tuercas o una rebeca de punto.


Tampoco existía esa cultura del usar y tirar a la que nos han acostumbrado; ni hacía falta ministerio de medio ambiente para gestionar el desperdicio, porque no se desperdiciaba nada. Un periódico tenía una segunda vida como envoltorio para huevos o como papel higiénico. Un huevo era un huevo pero también podía ser una buena comida si se acompañaba con mucho pan y aceite. El aceite usado acababa convertido en jabón. El hueso de jamón que se compró aquella feria, después de ocupar durante mucho tiempo un lugar de culto en la cocina, seco ya como una tarama, acababa haciendo un caldo. El caldo se convertía en unas cuantas cenas. Y la cena se convertía en una reunión familiar o en un motivo para estar juntos. Porque otra de las pocas cosas que se tenía era eso: unos a otros.


En ese tiempo de escasez, cuando aparecía una lata de membrillo tan bonita y tan exótica se le sacaba provecho y se utilizaba para otras muchas cosas. En algunas casas la utilizaron para la costura. Entonces la aguja y el dedal era moneda de uso corriente, porque no había más remedio que tener en cada casa un pequeño hospital para ropa rota. Porque después de un tiempo de uso normal toda la ropa tenía una segunda o tercera vida. Se le ponían coderas a las chaquetas y a los chalecos, y rodilleras a los pantalones. O se remendaba un calcetín o se cosía un siete en un vestido. O se ponía un botón más para la derecha para que el pantalón quedara más ancho. Y del pequeño hospital casero aquella ropa salía como nueva, dispuesta para que el hermano más chico o la hermana más chica le siguiera sacando partido.


En otras casas la lata de membrillo se utilizaba para meter las medicinas. Ahora que tenemos hospital y ambulatorio y médico gratis y medicina casi gratis nos ponemos más malos, o nos ponemos malos más veces. Y las tantas medicinas que nos sobran la entregamos para el “tercer mundo”, o dejamos que se echen a perder en los cajones. Pero entonces el médico costaba dinero, y las medicinas casi más todavía. Por lo que aquella madre o aquella abuela guardaban las pastillas o inyecciones que sobraban por si servían para otra vez. Y se convertía en una especie de enfermera a domicilio que aconsejaba a su prole sobre su uso para la fiebre, los gases o las almorranas; que antes no se andaban con remilgos para llamar a cada cosa por su nombre.

La lata de membrillo también se usaba para meter los papeles. Ahora casi todo el mundo tiene ordenador o un pequeño mueble, o una carpeta en condiciones, con cada papel separado según de lo que se trate. Pero antes, entre que no se sabía leer muy bien y que no hacía falta tanta burocracia para todo, los papeles se guardaban todos juntos en un sitio, que podía ser la lata de membrillo mismo. Allí estaban los papeles del médico, las escrituras de la casa, los papeles del seguro o cualquier papel que se suponía importante, aunque no se supiera muy bien por qué. Todavía resulta emotivo ver a algunas mujeres mayores que llevan una bolsa de plástico con “los papeles” de todo, cuando acuden a una administración a pedir la viudedad, la jubilación o un piso de VPO para su hijo el chico.

La lata de membrillo de mi casa se utilizó para guardar momentos. Esa lata mohosa, negra con los claveles rojos estampados está llena de fotografías antiguas. Allí está mi abuela cuando era más joven de lo que yo soy ahora, mi madre cuando no tendría ni un año, mi padre haciendo la primera comunión, mi tía paseando su juventud por la Feria, mis hermanos cuando nos queríamos y nos peleábamos a partes iguales, amigos que ya no sé ni dónde viven, primos a los que ya apenas veo, gente del pueblo que no identifico con gente de ahora y que parece que sólo existieron en aquel tiempo. Fotos de ferias, bodas, cumpleaños, noviazgos, familiares y gente anónima, gente antigua. Muchos de ellos ya no están; se los fue llevando una enfermedad, un infarto, o se fueron apagando consumidos por el tiempo. Los que quedan cambiaron tanto que parece que no tienen nada que ver con aquellos de las fotografías de la lata. Momentos en blanco y negro, en sepia, en color; instantes del pasado más remoto y del más reciente que asoman al presente desde esa lata negra, cada vez que alguien la abre. Poco a poco casi todas las pequeñas cosas de aquel tiempo se fueron perdiendo. El paño de croché, la copa de cisco, el reloj de cuerda, el sahumerio, el olor de la comida lenta, la vieja radio, los viejos, la autoridad de los padres, el vestirse de domingo, el coche sin aire acondicionado, el televisor sin color, el comer con hambre, el disfrutar con tan poco.

Pero si sabemos buscar en los aparadores viejos o en los cajones, encontraremos la lata de membrillo, testigo mudo de aquella época. Contenedores de un pasado que vivimos o que nos contaron, donde se guardan los momentos de aquellos que estuvieron aquí antes de que nosotros llegáramos. Cajas llenas de emociones, ilusiones, esperanzas y desesperanzas de una época de la que somos herederos o supervivientes.
Ahora vivimos rodeados de cosas que suponemos grandes. De coches con caballos de sobra, ordenadores con potencia suficiente para gestionar la nasa, aires acondicionados capaces de refrescar un almacén de trigo, televisores planos con tantas pulgadas que podían servir como cine de verano, ropa suficiente para vivir dos vidas si hiciera falta.

Pero a veces, en medio de tantos excesos, en medio del ruido y de la prisa de no saber adónde se va, uno tiene la necesidad de volver a abrir aquella vieja lata de membrillo y descubrir de dónde se viene. Y evocar en silencio a aquellos que nos precedieron en este ciclo vital, y a aquel tiempo en que se tenía tan poco que se le daba importancia a las pequeñas cosas; quizá porque tenían muy pocas… Pero todas eran grandes.


Javier Vidal